Obrim els ulls

Coses meves… o no.

Acudits

Un estupendo método (si le sale bien y no termina preso) que nos enseña el Dr. Angel Caviglia de Uruguay para discutir las infracciones de tráfico por alta velocidad en la carretera.

El automóvil que se desplazaba a alta velocidad es detenido por un agente de tráfico.
– Permítame el permiso de conducir.
– No lo tengo. Me lo quitaron por conducir a más de 180 por la Nacional II.
– Deme los papeles del coche entonces -dijo el policía con rostro de pocos amigos-.
– No es mío, lo robé. ¡Ah, no espere! creo que está en la guantera porque lo vi cuando coloqué allí el revólver.
– ¡¿Tiene un revólver en la guantera?!
– Y.. sí… es el que usé para matar a la dueña del auto.
– ¡¡¿Mató a la dueña del auto?!!
– ¡Claro!, la maté y puse su cadáver en el maletero, por eso iba rápido ya que quería arrojarla en el río.

El agente, sofocado, llama a su Jefe, y le comenta. El Jefe, manda rodear el auto, y se acerca:
– A ver el permiso de conducir.
– Sírvase Sr. Oficial. Aquí lo tiene, recién renovado.
– Los papeles del coche.
– ¡Cómo no! Vea, lo compré el mes pasado, dice aquí.
– Abra la guantera.
– ¡Cómo no! Tengo unos mapas y un peine, vea.
– A ver el maletero.
Se bajan, abren, y está la rueda de recambio y el gato del auto.
– ¡Pero el agente me dijo que Ud. había robado este coche, había matado a la dueña con un revólver que tenía en la guantera y la tenía en el maletero!
– Ah, claro! Es capaz de haberle dicho que iba a exceso de velocidad, también ¿no?


Un madrileño en Barcelona entra en un bar y pide una caña en castellano. El camarero se la pone y le dice:
– Són noranta-cinc cèntims.
El madrileño deja sobre la barra noventa céntimos y sigue tomándose la caña tranquilamente. A lo que el camarero le dice:
– Escolti, falten cinc cèntims.
Y el madrileño ni puto caso, como quien oye llover. A lo que el camarero ya rebotado le suelta:
– Escolti que em deu cinc cèntims, no em faci muntar un número, m’està escoltant perfectament.
Y el madrileño a lo suyo, tomándose la birrita, como si estuviese sólo en el local. Por fin el camarero, rojo de ira, y escupiendo las palabras dice:
– ¡Oiga desgraciado. Me está oyendo y entendiendo perfectamente, págueme los cinco céntimos que me debe!
A lo que el madrileño sonriendo y echando mano al bolsillo para pagarle contesta:
– ¡Ya sabía yo, que por cinco céntimos acababas hablando castellano!


Un chaval llega a una tienda de material deportivo y le pide al vendedor que le enseñe la mejor mira telescópica que haya para su rifle.
– Esta es la mejor del mercado, tanto que si miras hacia la cima de aquella montaña podrás ver en mi casa el nombre del perro en la caseta.
El chaval enfila la cima con la mira y empieza a reir.
– ¿De qué te ries chaval? – pregunta el vendedor.
– Es que estoy viendo en el jardín a un tío en bolas corriendo detrás de una tía en bolas.
El vendedor coge la mira, la enfila para su casa y empieza a enrojecer y echar humo por las orejas. Coge dos balas y se las da al chaval diciéndole:
– Vamos a hacer un trato. Te doy estas dos balas y, si aciertas con una en la cabeza de mi mujer y con otra en las partes del tío, te regalo la mira telescópica.
El chaval coge el rifle, la mira y las balas, pone el ojo en la mira y apunta el rifle hacia la casa. Después de un momento de indecisión le dice al vendedor:
– ¿Sabes? Creo que puedo hacerlo de un solo tiro.


Se abre el telón y se ven 4 sillas. Salen 5 niñas. Suena la música. Las niñas comienzan a correr alrededor de las sillas.
De repente, se detiene la música. 4 niñas se sientan y una se queda de pie.
La que se queda de pie saca un revólver y se pega un tiro.
Se cierra el telón. ¿Cómo se titula la canción?

Antes muerta que sinsilla


El Espejo
Uno de Lepe va por la calle y se encuentra un espejito de cartera, lo levanta, se mira y dice:
– ¡Coño, a este tío lo conozco!
Y se lo guarda en el bolsillo del pantalón… De regreso a su casa, vuelve a mirarse al espejo y repite:
– ¡Joder, que a este tío lo conozco!
Al entrar en casa, guarda el espejo en el bolsillo de su pantalón y se sienta en la mesa del comedor. Mientras la Josefa le sirve la comida, el hombre vuelve a mirarse en el espejo y repite:
– ¡Yo a este tío lo conozco!

Cuando Josefa se da cuenta, le pregunta:
– Oye, Manuel ¿Qué tienes en la mano?
– Nada importante, mujer. Y se guarda el espejo en el bolsillo del pantalón.
Terminada la cena, el individuo se va a dormir, dejando el pantalón sobre una silla. Se mete en la cama y, al cabo de un rato, exclama de repente:
– ¡Ya sé, lo conozco de la peluquería!

Por su parte, Josefa, intrigada, una vez dormido su esposo se acerca a la silla y retira el espejo del pantalón.
Se mira al mismo y dice:
¡Lo sabía, una foto de mujer! ¡Y vaya cara de puta que tiene!


18 gener 2005 - Posted by | Per Riure

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